Londres y yo volvemos a ser amigos

Londres y yo volvemos a ser amigos: hoy me he mudado a mi nuevo hogar, la oficina de Citymapper cada día es más otro hogar y de repente ya no me apetece salir de aquí. Ahora vivo entre Homerton y Hackney. He dejado Bow. E igual que me sucede a mí cuando tengo que llevar a alguien a ver “el centro”, cuento a mis amigos y familiares dónde carajo vivo en la inmensidad que es el mapa londinense y nadie se sitúa. ¿Hackqué? ¿Está cerca del Big Ben?

No. Estamos en el este de Londres. Bow es la parada siguiente a Mile End, que es la parada siguiente a Stepney Green, que es la parada siguiente a Whitechapel (que está justo detrás de los grandes rascacielos). En Whitechapel mató prostitutas a finales del siglo XIX Jack el Destripador; hoy la calle es, como describió un amigo, “pakilandia”. La mayoría de la población es de Pakistán, India y Bangladesh, los comercios van de kebabs y pollo frito a tiendas de saris o locutorios, algunos ultramarinos venden tabaco barato (5 libras el paquete) importado de Polonia o Rusia, cada día ponen un rastro con fruta y verdura fresca a una libra el bol y los restaurantes indios no sirven alcohol pero permiten que lleves tu propio botellón. Whitechapel me parece bien. Sin embargo, según nos acercamos a Mile End, Stepney Green y Bow, el bullicio desaparece y, con la excepción del Regent’s Canal (un canal que cruza Mile End en el que la gente vive en barcos – un lugar para ser feliz), lo ameno también.

Bow es un barrio en el que en seis meses no ha pasado nada. Mi casa, un adosado sin salón, no tenía alma; mis compañeros, dos ingleses y dos españoles, tampoco. No había nada malo pero tampoco nada bueno, y como bien dijo un (otro) amigo, “si no hay nada bueno es que es malo”.

Aunque en las últimas semanas he conocido a dos personas que se han mudado a Bow porque es menos caro que el resto del este londinense (un barrio post industrial, con antiguas fábricas, casas baratas, vías de tren y carne de hípster), tras las excursiones a Madrid y a Barcelona yo volví dispuesta a dejarlo para siempre por lo menos. Y a invertir así mis preciadas horas y libras en investigar, llamar, viajar hasta barrios que de repente lucían como un castigo y ser la más simpática al conversar con gente aburrida pero que alquilaba una habitación digna en la que yo quería vivir.

Dos semanas después, voilá! Ahora escribo desde un hermoso cuarto de paredes blancas y suelo de parqué (en Londres se estilan las moquetas y las paredes amarillas, así que lo considero un triunfo) y un hogar con actividad real. Las dos chicas inglesas (con las que fui simpática en serio) que lo habitan llevan aquí ocho años; la vida se percibe en detalles como una tabla de planchar y una plancha, distintos tipos de cafetera y veinte libros de recetas de cocina. Sólo llevo doce horas, pero estoy muy contenta. He comprado café y aceite de marca (“cuando vives en un sitio cutre te apetece comer arroz y zanahorias; ahora querrás cosas gourmet y te vas a dejar mucha más pasta, esto va todo en cadena” – palabra de Jose) e incluso me he planteado poner flores en el alféizar, como si de repente tuviera 25 años o más.

Aún no tengo estudiado Homerton, pero sí algunas calles de Hackney. Un factor aún más fascinante es que a cinco minutos está Victoria Park (notable lugar para ser feliz y donde dentro de dos semanas tocan Pixies); a diez los cines de Hackney Picturehouse y a veinte el jardín de Bea. Entre su casa y la mía hay un lazo azul celeste y Victoria Village: “el frondoso secreto del este de Londres”. Hablaremos de él en otra ocasión.

Besos,

Lía

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