Londres, me piro

Vine a Londres hace diez meses y el próximo miércoles me voy: a las 6.50 sale mi tren de King’s Cross a Bruselas (mi ciudad menos favorita del mundo), donde pasaré unos días trabajando; de ahí volaré a Roma a montar en autobús y ver belleza, y después a Nápoles, a trabajar y escuchar a políticos un poco más. El 5 de octubre aterrizaré de nuevo en Madrid. Esta vez, ha decidido Idealista, toca Chamberí.

Han sido diez meses brutales porque Londres es brutal. Siempre había renegado de Londres (¡es muy cara!) pero al final me convencí: seguro que allí pasaban cosas y seguro que allí, si todo salía mal, aún había algo que hacer o que mirar.

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Han sido dos casas, tres oficinas, dos bicicletas y una robada, una docena de artículos sobre la ciudad y unas doscientas fotos en Instagram de comida, edificios, parques, calles o café. Londres es enorme, está viva y está loca: el año pasado su población creció en 108.000 nuevos habitantes (el crecimiento más grande desde 1939) y el precio de la vivienda ha subido un 63% desde 2009 (en el resto del país, un 17%). No hay oferta para tanta demanda y no hay un plan de expansión. Los edificios de apartamentos glaseados siguen en construcción, igual que esa serie de espantosos rascacielos con forma de walkie-talkie, pepino, servilleta o rallador de queso que han dejado pequeña a la cúpula de Sant Paul.

“Hay quien dice que Londres es el resultado de siglos de especulación inmobiliaria”, escribe Enric González. “La ha habido, es cierto, y la hay, y muy voraz, pero eso no lo explica todo. Yo hablaría más bien de entropía. La urbe ha crecido y se ha complicado por sí misma. Londres nunca ha tenido reyes o alcaldes que hayan querido ordenar u homogeneizar la ciudad”. Esto, que no es nuevo, es maravilloso: a mí me deja odiarla cuando llueve y veo edificios satánicos, adorarla cuando sale el sol y sólo me fijo en las casas victorianas y pasármelo genial viendo, leyendo y discutiendo sobre ello.

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Londres también piensa. Quizá lo más interesante que he visto aquí estos meses ha sido el trabajo que están haciendo el sector público y el tercer sector para innovar. Me encantó la historia del Government Digital Services, el departamento encargado de la “transformación digital” de Reino Unido, me encantó ir a The Open Data Institute y que me contaran cómo imaginan la web en diez años, me encantó hablar con trabajadores de la Cruz Roja y el equipo de Humanitarian OpenStreetMap (el mapa abierto del mundo) sobre cómo coordinan su trabajo en situaciones de catástrofe y me encantó entrevistar al jefe de data.gov.uk y ver, desde su perspectiva, cómo se monta un portal de datos públicos abiertos.

Reino Unido es uno de los países que mejor está entendiendo en qué año vive, sabe que los cambios no suceden en un día y trabaja para que su innovación funcione a largo plazo. Hacer periodismo y cubrir políticas públicas también es más fácil. Y en lo privado, Londres se ha venido tan arriba que ya se considera capital tecnológica y digital de Europa y ahora afronta, para bien y para mal, sus consecuencias. Hace dos meses entrevisté a un empresario que trabaja en tecnología y que en diez minutos me había dicho: “mira San Francisco: hay una reacción violenta hacia los más ricos, piquetes boicoteando los autobuses de Google, gente arrancando a otra las Google Glass. Es porque ha habido historias de éxito. Hay tensión entre el mundo real de los negocios y el de la tecnología. Y puede pasar en Londres si no tenemos cuidado, porque mucha gente, incluidos nosotros, se está haciendo rica. ¡Nos está yendo bien!”. La brecha social y la guerra de ricos contra pobres (en este caso, desde el ejemplo de la industria tecnológica) se entiende bien aquí. Los pobres viven en edificios satánicos, los ricos en casitas victorianas, los barrios y comercios están en cambio constante y a mí, otra vez, me parece estupendo verlo y contarlo.

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Si había algún plan cuando el verano pasado compré aquel vuelo de Ryanair era sencillo: vivir del aire (y de un premio que gané), observar y pasármelo bien. Los últimos meses, de verano a 20º, han sido lo mejor: me mudé a un barrio con alma cerca de Bea, me hice con una bicicleta nueva y dejé de montar en autobús, lanzamos Citymapper en Madrid y Barcelona, el equipo creció y la nueva oficina se convirtió en un hogar y disfruté cada tarde y cada fin de semana con miles de planes, a veces diferentes y a veces de los de siempre: del parque de siempre, la calle de siempre y el vino de siempre en el restaurante de siempre.

Todos los días la recorro en bicicleta, en la cafetería de al lado del trabajo me llaman por mi nombre y cuando vuelvo al barrio el camarero del turco sabe que de aperitivo me gusta el queso. Al final Londres, que es brutal, es tu amiga y te trata como si estuvieras en casa. Por eso no me voy del todo: volveré a menudo a ocupar sofás y a trabajar. En el plan no estaba volver a Madrid con un proyecto de aquí que hacer crecer ni con otro de allí en el que seguir creciendo. Pero, una vez más, la idea me parece absolutamente fantástica.

Hasta entonces, voy a echar muchísimo de menos esta ciudad.

Besos,

Lía

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